Prólogo

Pocos Presidentes de la República de Costa Rica han recibido tantos elogios como Alfredo González Flores y, sin embargo, tan pocos como él han sido recurrentemente ignorados por la historiografía nacional.

Esta ironía deviene seguramente de las complejas circunstancias de la época en la que le tocó ejercer el poder, de las curiosas circunstancias en que lo alcanzó, y del turbulento desenlace de su Gobierno, el cual no estuvo exento  -como el de quien lo sucediera como dictador- de insólitos hechos de intervencionismo  extranjero y opacidad ética.

Ha llegado el momento, me parece, de devolverle luz a la figura de Alfredo González Flores en todas sus facetas, y no sólo -que legítimamente lo es- por razones de reivindicación histórica. También y principalmente lo es porque su visión, su lucidez de estadista y sobre todo su determinación de asumir el reto de la modernidad con justicia social, constituyen características que hoy más que nunca antes nuestro país necesita para adentrarse en las profundidades del siglo XXI.

La historia, esa extraordinaria madre de muchas ciencias, al igual que ellas no puede abstenerse de los juicios de valor que la condicionan. Inútiles los intentos de quererla objetiva y “neutra”, libre de toda contaminación hermética o heurística.

Por ello, no me atormentan las obras que, como esta que prolongo, puedan contener reflexiones que reflejen las pasiones  de su autor. En ese sentido, creo de entero recibo señalar que la figura señera de Alfredo González Flores siempre vendrá acompañada de las pasiones que le marcaron en vida (y también después de su muerte), tanto a él como a su némesis Federico Tinoco Granados y su régimen.

Ello no obsta, sin embargo, para que, superando tales sentimientos de adhesión y respeto, pueda el costarricense de nuestro tiempo mirar la obra de este egregio herediano con la serenidad de ánimo que otros conciudadanos no pudieron tener en su momento, y esa obligación superior la de entender su legado a la luz de nuevas circunstancias históricas en lo que este opúsculo intenta.

Creo, a ese respecto, que hoy estamos en mejores condiciones para apreciar la trascendencia de las ideas y las obras de González Flores en toda su dimensión y grandeza.

En un sentido general, tenemos la posibilidad de valorarlas con una perspectiva diferente, pues a diferencia de él mismo y otros hombres y mujeres de su tiempo, podemos contrastarlas con el desenlace de los siete siglos posteriores a su época.

Como Presidente de la República, me siento especialmente orgulloso de prolongar este trabajo que forma parte del esfuerzo de mi Administración de rescatar la figura y obra de uno de los más notables mandatarios de Costa Rica.

Lo hago plenamente consciente que la figura de González Flores y sus realizaciones como Presidente no requieren ni de muletas ni padrinos que las sustenten, pero también convencido de que este esfuerzo que incluye el darle su nombre a un puente emblemático en la cotidianidad de decenas de miles de costarricenses, es un justificado reconocimiento a un político honesto y progresista que probablemente se adelantó mucho al tiempo en que le tocó vivir.

Agradezco a la Empresa de Servicios Públicos de Heredia (ESPH), que comparte con el expresidente su tierra de nacimiento, el aporte que ha hecho posible la publicación y divulgación de esta obra, y a todos y todas quienes la lean, su interés por esclarecer uno de los momentos culminantes de la historia nacional.

Luis Guillermo Solís Rivera
Presidente de la República de Costa Rica
San José, 25 de mayo de 2017, tercero de mi mandato constitucional.